Erica llegó 5 meses más tarde o más temprano. Como una bofetada a la fracesita y su timing. La única diferencia es que los 5 meses no eran 150 días sino 40 minutos o 3 segundos, cuando mucho un día. Siempre hay un sonido que regresa al 8 de Enero. Siempre hay una imagen inconclusa que regresa de una cápsula del tiempo, inalcanzable e incontrolable. Como un arañazo en la continuidad del tiempo y su memoria. Un poco como lo que dicen aquellos de que hay percepción de algo que ocurre paralelamente en algún otro lado y se duplica más allá en un lugar completamente ajeno a él. ffice
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Más allá de un repudio tácito a hacer preguntas, se encontraba una costumbre de presunción; algo quizás típico de quien no es capar de convencer con explicaciones. Como la presunción de descomposición que la alejó desde un principio. Descomposición con 3 tarros de insignificancia y ella pensó que era su problema. Darse cuenta después –y no “muy tarde”- que no era nada de eso sino simplemente necesidad.
Eran las ocho y media de la mañana de un jueves, el tercero de algún mes y Erica hubiese querido que fuese Abril. Lo único que la mantenía concentrada era un café; había sido hecho con chocolate que había formado una capa fina y consistente por encima del líquido, al soplarla aparecían instantáneamente unos labios, unos ojos, un carro, cualquier cantidad de imágenes que Erica estaba muy cansada como para asignar a cualquier recuerdo.
Soplaba y ondas de sillas dentro de una taza inevitablemente se la llevaban hacía atrás. Una de esas rajas en la continuidad que está vez se abría en la medida necesaria para llevársela. Era un poco difícil salirse de ese sentimiento de inconformidad entre el presente y lo que recordaba. Era unos 5 meses antes, llovía y se hacía tarde. Soplaba y aparecía algo que en realidad podría ser rojo. Ella sabía que no era él lo que había querido ni lo que quería pero había algo que la mantenía atada a estar juntos. Sin movimiento alguno que semejara a un intento de escaparse como tantas otras veces. No era ella la que se obligaba a quedarse, era él. Una orden que venía desde mucho más adentro, jamás se dijo con palabras, pero siempre se entendió que era así, una orden no verbalizada que debía ser obedecida como cualquier otra que estuviese escrita en un papel y sellada por algún oficial de gobierno. Erica no se iba por una orden que le decía que todo estaba en caos y así estaba bien. Creó otra imagen. Un caos de otra categoría más allá de la que ella ya acostumbrada, más allá de llevar 1 libro al cine y los zapatos rotos aun cuando tenga otros miles en el armario. Era un caos por ese sentimiento de culpabilidad de saber que él se había convertido en una esponja que absorbía todo lo que ella le decía y a veces duplicaba varias cosas. Era difícil saber si esas cosas estaban ahí desde antes o habían llegado después pero habían momentos en los que ella se veía reflejada como en un lago, un reflejo imperfecto pero lo suficientemente parecido como para reconocerse. Llovía y se hacía tarde y ellos estaban en alguna calle hacía ningún lugar específico. Otra figura aparecía. Había más ruido en la cabeza de Erica que en cualquier parte. Sopla un poco más. Todo pasó porque ella lo odiaba por razones que él no sabía que ella conocía. Lo repudiaba por la manía que tenía de hacer que todos supieran lo que pasaba siempre, por pensarse mejor que todos y esa seguridad absurda de saber todo y poder tenerlo. Ese razonamiento idiota que la ponía a ella con un pedazo de papel.